El efecto Rosenhan. ¿Es fiable el diagnóstico psiquiátrico?

En el caso que existiera un estado normal y un estado de locura, ¿cómo habrían de distinguirse uno del otro? Con esta pregunta el psicólogo D. Rosenhan, profesor emérito de la Universidad de Standford (EE.UU.) comienza su explicación del experimento que llevó a cabo en la década de los ’70 para poner en tela de juicio la clasificación y la validez de los diagnósticos de los trastornos psiquiátricos.
Rosenhan y su grupo de investigación, cuestionando que el diagnóstico psiquiátrico sea un mero descriptor de la realidad (para ellos, un constructor de la realidad), diseñaron el siguiente experimento:

Constó de dos partes.

En la primera, 8 colaboradores sanos o pseudopacientes (5 hombres y 3 mujeres)acudieron a 12 hospitales psiquiátricos buscando el ingreso asegurando que escuchaban voces poco claras, pero que cuando las entendían decían siempre una de las siguientes tres palabras: vacío, agujero y ruido sordo. Aparte de estos, ningún síntoma más era simulado, y cada uno de los pseudopacientes narraban su quehacer diario. Todos y cada uno de los pacientes fueron ingresados, 11 veces diagnosticados de esquizofrenia y uno (con los mismos síntomas) de psicosis maníaco-depresiva, actualmente trastorno bipolar. Estuvieron ingresados de media 19 días, y uno de ellos estuvo ingresado 52 días. Dentro del hospital, las instrucciones que tenían desde el estudio eran la de comportarse con total normalidad -las supuestas voces desaparecen en todos los pseudopacientes en cuanto ingresaron- y la de ir escribiendo lo que vieran en su ingreso. Esta última conducta generó una de las anécdotas del estudio, ya que, a uno de los pacientes en su informe psiquiátrico fue diagnosticado de compulsión a la escritura.
A pesar de que se comportaron siguiendo una conducta normal, nadie pensó que el diagnóstico era erróneo. Lo máximo que se consiguió fue añadir en remisión a los diagnósticos ya fijados. Es decir, no dejaban de ser psicóticos, solamente tenían el trastorno en remisión. A pesar de mostrar una conducta sana, sólo se daba el alta si aceptaban medicarse para unos síntomas que desde justo después de la entrevista psiquiátrica no aparecieron.

En la segunda parte del estudio, Rosenhan se empleó en un centro que ya habían recibido los resultados del primer experimento, con la indicación de que, durante los próximos tres meses, mandaría a algunos pseudopacientes para ver si el filtraje de los diagnósticos era el correcto. Durante este tiempo, se presentaron 193 dictámenes sobre otras tantas personas. De todas ellas, 41 fueron considerados como impostores, y 42 más albergaron dudas por lo menos en algún miembro de personal hospitalario. En realidad, ningún pseudopaciente fue enviado a esa clínica.
El estudio está considerado como una importante e influyente crítica a la diagnosis psiquiátrica, a la vez que ilustró los peligros de la despersonalización y el etiquetaje en las instituciones psiquiátricas. Cuando la relación entre lo que sabemos y lo que debemos saber se acerca a cero, nos inclinamos a inventar conocimiento y a asumir que sabemos más de lo que en realidad sabemos. El etiquetaje surge como una consecuencia de la necesidad de establecer diagnósticos; los diagnósticos pueden no ser ni adecuados ni confiable y sin embargo se siguen usando, aún cuando no es posible distinguir la enfermedad mental de la salud.
Para Rosenhan, una clasificación psiquiátrica crea una realidad propia y con ello, sus propios efectos. Si se ha producido la impresión que un paciente es esquizofrénico, la expectativa es que siga siendo esquizofrénico. Si, transcurrido un tiempo, el paciente no ha hecho nada extravagante, se cree que está en remisión y se le puede dar el alta. Pero la etiqueta le persigue más allá de la clínica, con una expectativa de que volverá a comportarse como un esquizofrénico. Tal clasificación dicha por los profesionales de la psiquiatría influye tanto en el paciente como en sus familiares y entorno, por lo que no es extraño que el diagnostico actúe sobre todos ellos como una profecía autocumplida.

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